El ambón: Error de cálculo

HOMILIA DG-QR-B04 (Jn 3,14-21)

(La homilia del Marc) Os resulta familiar lo del pueblo de Israel caminando por el desierto, ¿verdad? El camino es largo y muy pesado. Pierden la paciencia. Se sienten estafados. Y empiezan a refunfuñar contra Dios y contra Moisés por haberlos sacado de Egipto. Es entonces que «el Señor envió contra el pueblo unas serpientes venenosas que los picaban.» No hace falta ser muy perspicaz para ver que, en lenguaje bíblico, las serpientes ponen de manifiesto los efectos mortales que tiene para la convivencia el veneno de las murmuraciones y de la desconfianza.

Ahora bien, acto seguido, Dios propone un remedio sorprendente: «forja una imagen de serpiente y ponla sobre un asta. A los que están picados, si la miran, quedarán salvados. »Mirar la serpiente significa mirar lo que les ha causado la muerte! Dios nos invita a mirar cara a cara la mentira que nos envenena y nos mata. Este es el primer paso para salvar la vida, para restaurar la confianza y para entrar en una lógica de verdad y de transparencia opuesta a la lógica propia del pecado. El pecado y la salvación: las dos cosas en un mismo lugar. ¡Qué contraste!

El evangelista Juan hace mención de esta serpiente de bronce que Moisés levantó en el desierto, porque Nicodemo entienda como es que «el Hijo del hombre tiene que ser levantado», haciendo referencia a su cruz. Despegando a su Hijo, Dios expone a los ojos de todos lo que restaba oculto en su intimidad. Dios ha juzgado el mundo digno de recibir a su Hijo único, digno de contemplar la intimidad de amor que los une desde siempre y para siempre, y de poder participar!

¿Qué podemos decir si hemos de juzgar por el resultado? La primera respuesta que nos viene a la cabeza es que Dios se ha equivocado. Dios ha cometido un inmenso error de cálculo. No merecíamos tanto. En efecto, Dios ha sobrevalorado el mundo, es decir, la ha amado muy por encima de lo que el mundo vale.

¿Qué nos pasa a los creyentes, entonces? No somos ni mejores ni más perspicaces ni mejor dispuestos que los demás. Nos pasa que, al mirar el Hijo elevado, reconocemos el rostro de un Dios que ha sobrevalorado el mundo de tal manera que ha llegado al extremo de cometer este afortunado error de cálculo que nos ha salvado. Y ya está.